A todos nos ha pasado: un amigo querido atraviesa un momento difícil, rompe en llanto frente a nosotros y sentimos, casi instintivamente, el deseo de acompañarlo, de estar ahí, de consolarlo aunque no podamos cambiar lo que le duele. Ese impulso humano, tan sencillo y tan profundo, nos revela algo sobre el amor: quien ama no permanece indiferente ante el sufrimiento del otro.
Desde esa experiencia cotidiana podemos acercarnos a una de las afirmaciones más desconcertantes y hermosas de la Encíclica “Dilexit Nos”, del Papa Francisco: el creyente puede consolar al Corazón de Cristo. Esta idea, que brota de la tradición del Sagrado Corazón, cuestiona nuestra percepción del tiempo, de la relación con el Resucitado y del sentido mismo de la devoción cristiana.
El cristiano no se limita a recordar la pasión de Cristo como un hecho lejano. La fe abre una dimensión más profunda: una participación real, espiritual y mística en el momento en que el Hijo de Dios se entregó por nosotros y por nuestra salvación. Y si la entrega fue real, total y por amor, entonces surge casi inevitablemente este deseo: “Si Él me amó hasta el extremo, ¿cómo no querer consolarlo?”
La lógica de la fe: una presencia que no se encierra en el tiempo
Consolar a Cristo: participación en su pasión y en su amor
Consolar a Cristo no significa recrear su sufrimiento, ni imaginarlo llorando en el cielo. Significa entrar en el misterio de su entrega, unir nuestros gestos de amor, fidelidad y sacrificio a su pasión, que sigue teniendo frutos hoy. Es decirle con la vida:
“Señor, no quiero que tu amor quede sin respuesta. No quiero que tu entrega me encuentre indiferente. Aquí estoy para acompañarte.”
Ese deseo brota de los corazones que, al contemplar la cruz, sienten que el amor recibido es demasiado grande para quedarnos pasivos. Es una reacción del corazón enamorado, no una exigencia moral.
Un consuelo que transforma al que consuela
El gran giro del Evangelio ocurre aquí: cuando el creyente se acerca para consolar a Cristo, es Cristo quien termina consolándolo a él. La devoción del consuelo no es un ejercicio introspectivo; es un encuentro vivo con el Resucitado, que ilumina nuestros sufrimientos, nuestras heridas y nuestras preguntas. El numeral 161 lo expresa claramente:
“El dolor que sentimos en el corazón abre paso a la confianza plena… queda su amor reinando en nuestra vida.”
Consolar a Cristo nos une a su pasión, sí, pero también a su resurrección.
De su Corazón herido brota el agua viva que sana nuestras heridas.
Una devoción que se convierte en misión
Pero el movimiento no termina en la intimidad. El Corazón de Cristo que consuela nos envía a consolar a los demás: “Consuelen, consuelen a mi pueblo” (Is 40,1).
El cristiano que se une al Corazón herido y glorioso de Cristo descubre que consolarlo verdaderamente significa salir al encuentro del hermano herido. El consuelo que ofrecemos a Cristo se vuelve consuelo para el pueblo. Así la devoción se vuelve fecunda, eclesial, misionera.
Conclusión: sí, podemos consolar a Cristo
Podemos consolar a Cristo porque su amor no quedó atrapado en un instante de la historia.
Podemos consolarlo porque su Corazón sigue latiendo por nosotros.
Podemos consolarlo porque la gracia nos une a su entrega y nos transforma.
Y al intentar consolarlo, somos nosotros quienes descubrimos que el Corazón que parecía necesitar consuelo es el único que puede consolar verdaderamente el nuestro.
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Esta meditación nace a partir de la encíclica Dilexit Nos del Papa Francisco, especialmente de los números 151 al 163, donde el Santo Padre profundiza en la “devoción del consuelo” y en la sorprendente posibilidad de que el creyente pueda consolar al Corazón de Cristo.
Las ideas y citas recogidas aquí proceden directamente de ese tramo del documento, que ilumina con claridad la dimensión mística, personal y comunitaria del Sagrado Corazón.
A continuación, te comparto otras reflexiones que he escrito sobre este mismo texto para seguir profundizando en su riqueza espiritual:
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