En muchos hogares colombianos, la Navidad huele a natilla y buñuelos, suena a villancicos y se vive alrededor del pesebre. Entre luces, musgo, papel brillante, ríos de papel aluminio y montañas hechas a mano, el pesebre se arma casi sin pensarlo: se sacan las figuras guardadas todo el año, se acomoda cada espacio con cuidado y se espera la noche del 24 de diciembre para poner al Niño Jesús. Es una tradición que une generaciones y marca el inicio de la verdadera celebración.
Sin embargo, el papa Francisco nos recuerda en su carta apostólica Admirabile Signum que el pesebre no es solo una costumbre navideña, sino una catequesis viva: una forma sencilla y profunda de anunciar el Evangelio a través de imágenes, gestos y símbolos que hablan por sí solos.
Cada figura del pesebre tiene un significado espiritual que nos habla de Dios, de la humanidad y también de nuestra propia vida, invitándonos a contemplar la Navidad más allá de la decoración y a descubrir el mensaje que Dios sigue comunicando en la sencillez del nacimiento de Jesús.
El Niño Jesús: Dios que se hace pequeño
En la noche del 24 de diciembre, cuando en muchas casas se reza la última novena, se apagan por un momento las conversaciones y el ruido, y el más pequeño de la familia es el encargado de poner al Niño Jesús en el pesebre. Ese gesto sencillo, repetido año tras año, encierra un mensaje profundo: Dios eligió hacerse pequeño.
El centro del pesebre es el Niño Jesús. No nace en un palacio ni en un lugar cómodo, sino en la pobreza y la sencillez de un establo. El papa Francisco subraya que esta elección no es casual: Dios decide entrar en la historia humana desde abajo, haciéndose frágil y necesitado de cuidado, confiando su vida a unas manos humanas.
El Niño acostado en el pesebre nos confronta con una verdad esencial del cristianismo: Dios no se impone por la fuerza, no grita ni domina, sino que se ofrece al mundo con humildad. Contemplar al Niño Jesús en el pesebre es una invitación a revisar nuestras propias formas de entender el poder, el éxito y la grandeza, y a redescubrir que lo verdaderamente grande, a los ojos de Dios, nace de la sencillez y del amor.
María: la fe que confía y acoge
En muchos pesebres, María está colocada de rodillas, con el rostro sereno y las manos juntas, como quien ora en silencio. Es una imagen que recuerda a tantas madres y abuelas que, durante las novenas de aguinaldos, rezan con fe sencilla, incluso cuando la vida no les ha dado todas las respuestas.
María aparece en el pesebre como una mujer joven y humilde, que contempla y guarda en su corazón el misterio que está viviendo. Ella representa la fe que confía incluso cuando no entiende todo, la fe que dice “sí” sin garantías, sin seguridades humanas, sostenida únicamente por la confianza en Dios.
El papa Francisco resalta que María no es una figura pasiva. Su presencia en el pesebre nos enseña la actitud profunda del creyente: escuchar antes de hablar, acoger antes de juzgar y permanecer fiel incluso en medio de la incertidumbre. Contemplar a María en el pesebre es aprender que la fe verdadera no siempre tiene explicaciones, pero sí tiene una confianza firme que sostiene la vida.
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José: la obediencia silenciosa
En muchos pesebres, José está de pie, un poco al margen, con su bastón o su lámpara encendida. No suele ocupar el centro de la escena, pero su presencia sostiene todo el conjunto, como ocurre con tantos padres y abuelos que, sin hacer ruido, han sacado adelante a sus familias con trabajo y responsabilidad.
José suele pasar desapercibido, pero su figura es fundamental. En el pesebre aparece como el hombre justo que protege, acompaña y asume su misión sin buscar protagonismo. Está ahí para cuidar, para sostener y para permanecer, incluso cuando el camino no es fácil.
El papa Francisco destaca a José como ejemplo de obediencia concreta y silenciosa. No habla mucho, pero actúa. En un mundo que valora el ruido, la exposición y el reconocimiento, José nos recuerda que el amor verdadero muchas veces se expresa en el cuidado diario, en la fidelidad constante y en los gestos discretos que sostienen la vida de los demás.
Los pastores: los primeros en llegar al pesebre
En muchos pesebres, los pastores aparecen con ovejas al hombro, instrumentos sencillos o caminando con prisa hacia el nacimiento. Representan a la gente del común: campesinos, trabajadores, personas sencillas que viven de su esfuerzo diario, muy parecidos a quienes madrugan todos los días para ganarse la vida en nuestros pueblos y barrios.
Los pastores son los primeros en recibir el anuncio del nacimiento de Jesús y los primeros en llegar al pesebre. Este detalle no es menor. El papa Francisco subraya que Dios elige revelarse primero a quienes no cuentan para el poder ni para los grandes escenarios, recordándonos que el Evangelio comienza siempre desde abajo, desde los márgenes.
La presencia de los pastores en el pesebre nos invita a revisar a quiénes escuchamos y a quiénes damos valor. Ellos nos enseñan que para encontrarse con Dios no se necesita estatus ni títulos, sino un corazón abierto y dispuesto a ponerse en camino. En su sencillez, los pastores nos recuerdan que Dios sigue hablándole primero a quienes viven con humildad y esperanza.
Los Reyes Magos: la búsqueda sincera que llega a Dios
En muchos pesebres, los Reyes Magos se colocan un poco lejos del nacimiento y se van acercando con los días. Algunos incluso esperan hasta después del 24 para moverlos poco a poco. Ese gesto sencillo refleja algo profundo: la fe también es camino, proceso y búsqueda.
Los Reyes Magos representan a quienes vienen de lejos, a los pueblos y culturas que no conocían al Dios de Israel, pero que se dejan guiar por una señal y se ponen en marcha. El papa Francisco recuerda que ellos no se quedan quietos esperando certezas, sino que salen al encuentro, incluso cuando el camino es incierto.
Al llegar al pesebre, ofrecen oro, incienso y mirra, dones que expresan reconocimiento, adoración y entrega. En los Reyes Magos vemos reflejada la búsqueda sincera de sentido que habita en todo ser humano. Su presencia en el pesebre nos enseña que Dios se deja encontrar por quienes lo buscan con un corazón humilde, sin miedo a preguntar ni a caminar.
Los animales: la creación que acoge al Creador
En muchos pesebres no faltan el buey y el asno, y a veces también gallinas, perros o animales propios del entorno rural. Estas figuras, tan comunes en los pesebres hechos en casa, recuerdan la cercanía entre la vida humana y la naturaleza, especialmente en los campos y pueblos del país.
Los animales en el pesebre simbolizan la creación que reconoce y acoge al Creador. Mientras muchos no supieron recibir a Jesús, la sencillez del establo y la presencia de los animales ofrecen abrigo y calor. El papa Francisco relaciona este signo con una visión profunda: la encarnación no solo reconcilia a Dios con la humanidad, sino también a la humanidad con toda la creación.
Contemplar a los animales en el pesebre es una invitación a reconocer que todo está conectado. Nos recuerda la responsabilidad de cuidar la casa común y de vivir en armonía con la naturaleza. El pesebre, en su sencillez, nos enseña que la creación entera participa del misterio del nacimiento de Dios.
El pesebre: una escuela para la vida
Para el papa Francisco, el pesebre no es solo una escena que se contempla durante la Navidad ni una tradición que se repite por costumbre. Es una verdadera escuela de vida, una catequesis permanente que, en su sencillez, nos enseña valores esenciales para la fe y para la convivencia humana.
Cada figura del pesebre nos habla de humildad, de confianza, de obediencia silenciosa, de búsqueda sincera y de acogida. Al detenernos a contemplarlo, el pesebre nos invita a mirar la vida con otros ojos: a valorar lo pequeño, a escuchar más, a servir sin esperar reconocimiento y a abrir el corazón a los demás, especialmente a los más frágiles.
Armar el pesebre en familia, explicar sus figuras a los niños y rezar frente a él durante las novenas es una forma concreta de transmitir la fe y de recordar que Dios sigue naciendo hoy allí donde hay sencillez, amor y disposición para acoger.
Una invitación final
El pesebre no pertenece solo al pasado ni a una tradición cultural. Es un signo vivo que sigue interrogándonos. Cada Navidad, al contemplarlo, podemos preguntarnos: ¿a quién nos parecemos dentro del pesebre?, ¿qué actitudes necesitamos aprender o recuperar?
Como nos recuerda el papa Francisco en Admirabile Signum, el pesebre es verdaderamente un signo admirable porque nos revela a un Dios cercano, humilde y lleno de ternura. Contemplarlo con profundidad puede transformar nuestra manera de vivir la fe y de relacionarnos con los demás, no solo en Navidad, sino durante todo el año.
Mi oración contigo.
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Si llegaste hasta aquí, te comparto este video en el que hablo sobre San José, basado en otra carta del Papa Francisco llamada Patris Corde:
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