En medio de luces, villancicos y celebraciones, la Navidad puede correr el riesgo de quedarse en la superficie si olvidamos a sus verdaderos protagonistas. Hoy, en la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, la Iglesia nos invita a volver la mirada al corazón del misterio navideño: una familia concreta, sencilla y real, a través de la cual Dios quiso entrar en la historia.
La Navidad no comienza en los palacios ni en los grandes escenarios, sino en un hogar humilde. Jesús no llegó al mundo solo; quiso nacer y crecer en el seno de una familia. María, José y el Niño Jesús son los protagonistas silenciosos de la Navidad, y en ellos se revela el proyecto de Dios para todas las familias del mundo.
Como proclama el Evangelio de Juan:
«Y el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14).
Dios no solo se hizo hombre: se hizo hijo, y eligió una familia para habitar entre nosotros.
Contemplar el pesebre en familia es recordar que la Navidad se acoge juntos.
La Navidad no termina el 25 de diciembre
Es importante recordar que la Navidad no se acaba el 25 de diciembre, como muchos suelen pensar. Para la Iglesia, ese día no marca el final, sino el comienzo del tiempo de Navidad, un tiempo litúrgico para contemplar, profundizar y dejar que el misterio de la Encarnación transforme nuestra vida.
Las fiestas que siguen —la Sagrada Familia, Santa María Madre de Dios, la Epifanía y el Bautismo del Señor— nos ayudan a comprender que Dios no pasó fugazmente por el mundo, sino que quiso quedarse, crecer, ser educado, vivir en familia y santificar la vida cotidiana. La Navidad se prolonga porque el amor de Dios necesita tiempo para ser acogido y encarnado en nuestra realidad.
Matrimonios que renuevan sus promesas en la fiesta de la Sagrada Familia.
Una familia marcada por el amor y la obediencia a Dios
La Sagrada Familia no fue ideal en términos humanos: enfrentó dificultades, incertidumbres, migración forzada, pobreza y miedo. Sin embargo, fue profundamente fiel. María confía plenamente en la voluntad de Dios; José, con un corazón justo y obediente, asume su misión aun sin entenderlo todo; y Jesús crece en un hogar donde Dios ocupa el centro.
El Evangelio expresa esta vida sencilla y profunda con ternura y verdad:
«El niño crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él» (Lc 2,40).
Nazaret nos enseña que la santidad no se vive solo en los grandes gestos, sino en la cotidianidad: en el trabajo diario, en el silencio, en la paciencia, en el cuidado mutuo y en la fe compartida.
En Nazaret, Dios santificó la vida familiar y lo cotidiano.
El pesebre: signo de humildad y cercanía
Todo este misterio se concentra visualmente en un signo sencillo y poderoso: el pesebre. La escena del nacimiento no es un simple adorno navideño, sino un signo que nos revela el corazón del misterio de la Encarnación.
«María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre» (Lc 2,7).
El pesebre nos recuerda que Dios eligió la pequeñez y la sencillez para encontrarse con nosotros. Allí donde no parecía haber lugar, Dios decidió nacer. Para profundizar en el significado espiritual de este signo central de la Navidad, puedes leer el artículo:"El pesebre explicado: qué nos dice cada personaje del nacimiento".
Una familia, muchas familias
María y José no tuvieron una vida fácil ni todas las respuestas, pero caminaron juntos y confiaron en Dios. Por eso, Nazaret se convierte en esperanza para las familias de hoy, recordándonos que Dios camina con ellas en sus alegrías y dificultades, y que no espera familias perfectas, sino familias disponibles.
Cada hogar que ora, que se sostiene en la dificultad, que aprende a amar y a perdonar en lo cotidiano, puede convertirse en una pequeña Iglesia doméstica, un Nazaret actual donde Cristo sigue creciendo y haciéndose presente en el mundo.
Dios también caminó con las familias que huyen para proteger la vida.
Navidad: Dios que habita en nuestras familias
Celebrar la Navidad es acoger a Cristo en nuestros hogares, no solo un día, sino durante todo este tiempo litúrgico que la Iglesia nos regala. Es permitir que Él crezca en nuestras relaciones, sane heridas, fortalezca la unidad y renueve la esperanza.
Como nos recuerda san Pablo:
«Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gál 4,4).
Que esta fiesta de la Sagrada Familia nos recuerde que la Navidad continúa, que Dios sigue viniendo a nuestra vida, y que cada hogar está llamado a ser, día tras día, un pesebre vivo, donde Cristo pueda nacer y permanecer.
Mi oración contigo y con tu familia.
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