Hace pocos días celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, con la que culmina el tiempo de Navidad. Al ver a Jesús entrar en las aguas del Jordán, muchos creyentes volvemos a pensar en nuestro propio bautismo y en las decisiones que rodean este sacramento.
No son pocas las preguntas que surgen en el corazón de padres y familias: ¿debemos bautizar ya a nuestro hijo o esperar a que sea mayor? ¿Tiene sentido hacerlo si aún no puede expresar su fe? Incluso, muchos adultos se preguntan: ¿fue válido mi bautismo si lo recibí siendo niño?
Estas inquietudes no nacen de la indiferencia, sino del deseo sincero de vivir la fe con responsabilidad y coherencia. Por eso, volver a las raíces bíblicas e históricas de la Iglesia primitiva nos ayuda a comprender que el bautismo, desde sus inicios, ha sido entendido como un don gratuito de Dios, una gracia que precede a nuestra respuesta y acompaña la vida cristiana desde el comienzo.
1. El bautismo en la Biblia: un don que precede a nuestra comprensión
Al pensar en el bautismo de los niños, es natural que surja una pregunta sincera: ¿no debería una persona comprender y elegir la fe antes de recibir el bautismo? Esta inquietud es legítima, pero la Sagrada Escritura nos invita a mirar el bautismo, ante todo, como una iniciativa de Dios, más que como una acción que depende exclusivamente de nuestra capacidad de comprender.
En el Nuevo Testamento, el bautismo acompaña la fe de los adultos que acogen el anuncio del Evangelio (cf. Hechos 2,38). Sin embargo, la Biblia también presenta una visión profundamente comunitaria y familiar de la fe. Por eso, en los Hechos de los Apóstoles encontramos el bautismo de familias enteras:
“Fue bautizada ella y su familia” (Hechos 16,15).
“En aquella misma hora fue bautizado él con todos los suyos” (Hechos 16,33).
“También bauticé a la familia de Estéfanas” (1 Corintios 1,16).
El texto no se detiene en edades ni condiciones personales, porque para la mentalidad bíblica la fe no se vive de manera aislada, sino dentro de un pueblo y de un hogar.
Esta lógica hunde sus raíces en la historia de la salvación. Desde el Antiguo Testamento, los signos del pacto incluían a los hijos desde el comienzo (cf. Génesis 17,12). San Pablo retoma esta continuidad al relacionar el bautismo con la circuncisión:
“Con Él fueron sepultados en el bautismo, y con Él resucitaron” (Colosenses 2,12).
Además, Jesús mismo deja claro que los niños no están fuera del Reino de Dios:
“Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios” (Marcos 10,14).
Estos pasajes nos ayudan a comprender que el bautismo no se limita a expresar una fe ya madura, sino que abre un camino de gracia, incorpora a la persona —también al niño— al Pueblo de Dios y la llama a crecer, con el tiempo, en una fe que será asumida libremente.
2. La Iglesia primitiva: una práctica recibida desde los orígenes
Tras mirar la Sagrada Escritura, muchos se preguntan con razón si el bautismo de niños fue realmente una práctica de la Iglesia desde el comienzo. La historia ofrece una respuesta clara: desde los primeros siglos, la Iglesia bautizó también a los niños, sin que esto fuera motivo de controversia sobre su legitimidad.
A finales del siglo II, san Ireneo de Lyon habla de niños “nacidos de nuevo para Dios”, un lenguaje que la Iglesia primitiva usaba para referirse al bautismo. Poco después, Orígenes afirma explícitamente que la Iglesia recibió de los apóstoles la tradición de bautizar a los niños, presentándola como una práctica heredada, no inventada.
En el siglo III, Hipólito de Roma describe el rito bautismal indicando que, si el niño no puede responder, lo hacen los padres o padrinos en su nombre. Y cuando surgieron preguntas prácticas, Cipriano de Cartago fue claro al afirmar que no debía negarse el bautismo a ningún recién nacido.
Estos testimonios muestran que el bautismo infantil no fue una costumbre tardía, sino una práctica viva de la Iglesia primitiva, entendida siempre como un acto de confianza en la gracia de Dios y en el acompañamiento de la comunidad cristiana a lo largo de la vida.
3. ¿Y la libertad y la fe personal? Un don que espera ser asumido
Una de las dudas más frecuentes es esta: ¿bautizar a un niño no limita su libertad para elegir la fe más adelante? La preocupación es comprensible y nace del deseo de respetar la conciencia y el camino personal de cada persona.
La fe cristiana, sin embargo, nunca ha entendido el bautismo como una imposición, sino como un don que se recibe y que luego debe ser acogido libremente. Bautizar a un niño no significa que su historia de fe esté cerrada, sino que queda abierta, acompañada por la gracia de Dios y por la comunidad cristiana.
De hecho, todos crecemos recibiendo dones que no elegimos conscientemente —la vida, el nombre, la familia, la educación— y que más adelante estamos llamados a asumir, valorar o incluso rechazar. El bautismo se sitúa en esa misma lógica: no anula la libertad, la prepara.
Por eso, la Iglesia vincula el bautismo infantil con un compromiso real de los padres, padrinos y de la comunidad: ayudar a que esa gracia inicial madure. La confirmación y la vida cristiana adulta no “corrigen” el bautismo recibido de niño, sino que lo ratifican y lo hacen propio.
Así, el bautismo de los niños aparece no como un atajo ni una sustitución de la fe personal, sino como el inicio de un camino, confiado a la libertad de cada persona y sostenido por la fidelidad de Dios.
4. Una práctica compartida por gran parte del cristianismo
A veces se piensa que el bautismo de los niños es solo una práctica católica, pero la historia muestra lo contrario. Durante más de quince siglos, el bautismo infantil fue común en toda la cristiandad, tanto en Oriente como en Occidente.
Incluso en la Reforma del siglo XVI, los grandes reformadores no lo rechazaron. Lutero, las Iglesias reformadas y la tradición anglicana lo conservaron, viéndolo como un don de la gracia de Dios y un signo de pertenencia al pueblo cristiano.
La oposición al bautismo de niños surgió de forma organizada y teológicamente sistemática solo a partir del siglo XVI, con algunos movimientos específicos, y se extendió más tarde en corrientes evangélicas modernas. Recordar esto ayuda a comprender que el bautismo infantil no es una práctica tardía ni marginal, sino una tradición ampliamente compartida a lo largo de la historia cristiana.
Conclusión
El bautismo de los niños no nace de una costumbre sin fundamento, ni de una práctica impuesta sin reflexión. Surge de una comprensión profunda de la fe cristiana: Dios actúa primero, ama primero y llama primero. Desde la Sagrada Escritura, pasando por la Iglesia primitiva y hasta la experiencia viva de la Iglesia a lo largo de los siglos, el bautismo ha sido entendido como un don que abre un camino, no como una meta ya alcanzada.
Bautizar a un niño es un acto de confianza: confianza en la gracia de Dios que acompaña desde el inicio, y confianza en la comunidad cristiana que se compromete a ayudar a que esa gracia crezca y sea asumida libremente con el tiempo. Por eso, lejos de anular la libertad o la fe personal, el bautismo infantil las prepara y las sostiene.
A la luz del Bautismo del Señor que celebramos recientemente, esta práctica nos invita también a mirar nuestro propio bautismo, a redescubrirlo no como un recuerdo del pasado, sino como una llamada viva a caminar cada día como hijos amados de Dios.
Mi oración contigo.
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