Cada año, la noche del 31 de octubre se llena de disfraces, luces naranjas, calabazas y risas. Para muchos, es solo una fecha divertida. Pero para la fe cristiana, es también un tiempo de discernimiento: ¿qué celebramos realmente cuando celebramos Halloween?
Detrás de la aparente inocencia de la fiesta moderna hay una historia compleja, con raíces antiguas, connotaciones espirituales y también realidades actuales que no podemos ignorar. Como católicos, estamos llamados a mirar más allá del disfraz, y a convertir esta noche en un testimonio de luz, no de tinieblas.
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El origen: del Samhain a la víspera de Todos los Santos
Históricamente, el 31 de octubre coincidía con la celebración celta del Samhain, un festival que marcaba el final de la cosecha y el inicio del invierno. Los antiguos pueblos creían que en esa noche el velo entre el mundo de los vivos y de los muertos se volvía más delgado, y por eso realizaban fogatas, dejaban comida y se disfrazaban para “confundirse” entre los espíritus.
Algunos textos medievales relatan que se hacían sacrificios o rituales de adivinación, aunque no hay consenso histórico firme sobre sacrificios humanos generalizados. Lo que sí es cierto es que era una festividad profundamente espiritual, centrada en el temor ante la muerte y lo desconocido.
Ante esto, la Iglesia respondió no con condena, sino con redención. En el siglo VIII, el papa Gregorio III instituyó el Día de Todos los Santos (1 de noviembre), y su sucesor Gregorio IV lo extendió a toda la cristiandad. La noche anterior, All Hallows Eve (“Víspera de Todos los Santos”), dio origen al término Halloween. El propósito fue claro: transformar una noche de miedo en una noche de esperanza.
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Qué enseña la Iglesia hoy
La Iglesia no prohíbe de manera general la celebración de Halloween, pero advierte sobre sus deformaciones y los riesgos espirituales asociados a lo oculto.
El Catecismo de la Iglesia Católica, en el numeral 2116, enseña: “Todas las formas de adivinación, recurrir a Satanás o a los demonios, invocar a los muertos o practicar otras formas que pretendan desvelar el futuro deben rechazarse.”
El papa Francisco, al hablar sobre la cultura moderna, ha señalado el peligro de trivializar el mal y de vivir “como si el diablo no existiera”. Y en varios países, obispos han recordado que el cristiano no debe “coquetear con la oscuridad”, ni disfrazarla de juego.
El llamado del Evangelio es claro: “El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Juan 8:12)
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La otra cara de la fecha: el despertar de lo oculto
Aunque muchos viven el 31 de octubre de forma inocente, es innegable que algunos grupos satánicos y ocultistas contemporáneos aprovechan esta noche —que llaman su “año nuevo espiritual”— para realizar rituales.
Investigaciones de fuerzas del orden y casos judiciales documentan crímenes rituales o sacrificios humanos aislados con símbolos de satanismo o magia negra. Ejemplos como el caso de Mark Kilroy (México, 1989) o el ritual de Antares de la Luz (Chile, 2012) muestran que el mal espiritual puede inspirar actos reales de violencia y profanación.
Además, exorcistas y sacerdotes de distintas diócesis advierten que en estas fechas aumentan los actos sacrílegos: profanaciones de hostias consagradas, vandalismo en templos y rituales de odio contra la Eucaristía.
Estas realidades no deben inspirar miedo, sino vigilancia espiritual. No es fantasía decir que en torno al 31 de octubre se incrementa la actividad del enemigo: el mal busca ser celebrado mientras el mundo duerme. Y por eso, los cristianos no podemos normalizar la oscuridad ni participar ingenuamente en símbolos que la exalten.
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El llamado a la esperanza: celebrar la santidad y la vida
La respuesta cristiana no es el miedo, sino la santidad. El 1 de noviembre celebramos el Día de Todos los Santos, recordando a hombres y mujeres que vencieron al mal con el amor. Y el 2 de noviembre, oramos por los fieles difuntos, reafirmando nuestra fe en la vida eterna.
San Pablo nos exhorta: “Antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; vivid como hijos de la luz.” (Efesios 5:8)
Celebrar la santidad es recordar que el mal no tiene la última palabra. La verdadera victoria no está en la oscuridad del disfraz, sino en la luz de la gracia.
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¿Qué podemos hacer los cristianos en esta noche?
- Rezar y reparar: participar en vigilias, adoraciones eucarísticas o rosarios de reparación por los pecados y sacrilegios cometidos en esta fecha.
- Holywins – La santidad vence: muchas parroquias celebran este evento donde los niños se disfrazan de santos y comparten dulces, oraciones y testimonios.
- Visitar el cementerio: llevar flores, encender una vela y orar por las almas del purgatorio.
- Enseñar en familia: hablar con los hijos sobre el sentido de la muerte cristiana, la esperanza del cielo y el ejemplo de los santos.
- Obras de misericordia: transformar el día del miedo en una jornada de amor: ayudar a los pobres, donar alimentos o visitar enfermos.
Cada una de estas acciones es una forma concreta de arrebatarle terreno a la oscuridad y de proclamar que Cristo es la verdadera luz del mundo.
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Conclusión: La noche pertenece al Señor
La Iglesia no nos invita al temor, sino al discernimiento. Halloween, con sus raíces mezcladas y sus deformaciones modernas, puede ser ocasión para recordar que el mal existe, pero Dios vence siempre.
Mientras algunos celebran la oscuridad, los hijos de la luz elevan su mirada al cielo. Porque la muerte fue vencida, y la santidad no es un ideal lejano, sino una vocación diaria.
Este 31 de octubre, no te escondas detrás de un disfraz. Vístete de fe, de oración, de amor. Y proclama con tu vida lo que el mundo necesita escuchar: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.” (Juan 1:5)
Celebremos la vida, no la muerte.
La santidad, no el miedo.
Cristo, no el disfraz.
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